Hola papá, un año después

Mamá está bien, un año después de tu marcha, papá. La admiro. Mucho. Aun con 85 años, el vecindario la respira jovenzuela. Incluso algo traviesa. Un despertador del alma humana.

El espíritu de mamá es así. Sí, he dicho su espíritu, un intangible muy tangible. Como ya lo resaltan cada vez más médicos. Me lo recuerda Joan Carles Trallero en “Destellos de luz en el camino” (Libros de Vanguardia). No es un gurú. Es médico, sí, con un máster en cuidados paliativos y un posgrado en acompañamiento espiritual. Sí, espiritual.

Trallero afirma: “La vida es un regalo efímero que hay que aprovechar”… y mi madre lo aprovecha, y mucho. Sin miedo a la muerte. Se lo dedica a papá cada día que transcurre, y a ella misma. Habla de la muerte y de la vida. Como si celebrara en cada instante el Día de Muertos al estilo mexicano.

Mi mamá habla con papá. ¿Verdad papá? Sin pelos en la lengua. Vida y muerte. Al igual que la atrevida médico Elisabeth Kübler-Ross (solo hay que leer su popular libro “La muerte: un amanecer”).

Me lo recuerda también Montse Esquerda en “Hablar de la muerte para vivir y morir mejor”. Es psicóloga, médico y directora general del Institut Borja de Bioètica de la Universitat Ramon Llull. En su libro recoge la trayectoria de Kübler-Ross, quien quedó muy marcada por su trabajo como voluntaria durante la Segunda Guerra Mundial. Le impresionó sobremanera el testimonio de una niña judía superviviente a las cámaras de gas donde toda su familia murió.

Siendo duro, la niña judía decidió sacudirse la amargura ayudando a los demás. Merecía sobrevivir por eso, como ella misma aseguraba. Un alma valiente.

Mi mamá, con 85 años, también es valiente. Me regala su testimonio. El alma humana se despierta en contacto con el alma humana.

Más testimonios, los que ofrece Cristina Llagostera en “Morir con amor”. Ella es psicóloga, especializada en cuidados paliativos, psicooncologia y atención a los procesos de pérdida y duelo, miembro de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal).

¿Y adónde llevan tantos testimonios? Hoy he ido a comer con mi mamá y me ha contado un breve relato.

Dos bebés hablan entre sí en el vientre de una madre.

¿Tú crees en la vida después del parto?

Sí.

Tonterías. ¿Qué clase de vida sería esta?

No lo sé. Tal vez habrá más luz. Y caminaremos con nuestras propias piernas y comeremos con nuestras bocas.

Absurdo. Caminar es imposible. Y comer con la boca, ¡ridículo! El cordón umbilical nos da todo lo que necesitamos. Y más allá no hay ni cordón umbilical.

Bueno, yo siento que hay algo y tal vez sea diferente de lo que hay aquí.

¡Qué va! Nadie ha regresado de allá para contarlo. El parto es el final de la vida. No vamos a ningún lugar.

Seguro que nos encontramos con otros seres. Con mamá.

No la veo, no está, no existe.

Si permaneces en silencio, si realmente escuchas, podrás percibir su presencia. Hay una vida real que nos espera.

Y así termina el cuento dice mi madre tranquilamente. Invita a reflexionar, sí. Misterios de la vida y la muerte. Y nos vamos acercando más unos a otros para convertirnos en despertador de los otros, y los otros de nosotros…

Mamá no tiene miedo a la muerte. Y está segura que se reencontrará con papá y el hijo de ambos, Joan, mi hermano. Mamá no tiene miedo a la vida. Y la vive intensamente transmitiendo amor.

Mira, me dice mamá. Unos niños bajan de un autobús escolar delante de nosotros. Apenas tendrán siete años. Observan con ojos muy abiertos. Juguetones. Ríen. Toda una vida por delante.

Mamá está bien, un año después de tu marcha, papá. Gracias. Muchas gracias a los dos por ser.