Complot Sexual

Me asusta. Pero no tanto, porque es mi amiga del alma quien habla de complot sexual. A priori lo asocio a algo maquiavélico. Como la gincana en Vilassar de Mar, que algunos han calificado de ‘porno’ para menores. Donde, según advierte Neri Daurella, psicóloga psicoanalista, se ha caído en la hipersexualización de la infancia. Y sin eficacia pedagógica alguna como han destacado otros expertos.

Pero viniendo de mi amiga del alma y apartando mis prejuicios, le pregunto a qué se refiere con complot sexual. Y me contesta con otra pregunta:

¿Sabes por qué tienen sexo las personas?

Y antes de que le pueda responder, tal vez algo obvio, me aclara que se han detectado hasta 237 motivos para hacerlo…

¿Ni más ni menos…?

Ni más ni menos, me responde juguetona. ¿No lo recuerdas? La sexualidad va más allá de unos determinados patrones sociales. Lo recogiste tú mismo en un reportaje hace unos años (https://bit.ly/3dkiw5D). Es lo que se refleja en un estudio del Laboratorio de Psicofisiología Sexual de la Universidad de Texas, dirigido por Cindy Meston, conocida por sus investigaciones sobre el orgasmo en la mujer. Se publicó en la revista ‘Archives of sexual Behaviour’.

Como de estudios hay para todos los gustos, mi amiga del alma señala que, en cualquier caso, tener sexo para tener hijos o sexo por amor no son condiciones imprescindibles. También lo señala Kate Lister en su libro “Una curiosa historia del sexo”.

¿Quién es?, quiero saber.

Una profesora de la Universidad de Leeds Trinity, que lleva el proyecto de investigación Whores of yore (https://www.thewhoresofyore.com), un archivo digital interdisciplinario para el estudio de la sexualidad histórica.

¿Pero qué aporta su libro?

Pone en evidencia la doble moral, la mentira, la vergüenza en la práctica sexual.

Vamos bien.

“Nuestra vida secreta es la más honesta. Mantenemos en secreto esta parte más genuina (…). En un esfuerzo por controlar nuestro lado secreto, hemos convertido el sexo en un asunto moral, desarrollando complejas estructuras sociales para regular nuestros impulsos”, escribe Kate Lister. Y paradójicamente así no se aprende a gestionar los impulsos por uno mismo. Más bien a reprimir o a explotar.

Entonces, ¿qué propones?, le pregunto a mi amiga del alma.

Un complot sexual.

¿Pero a qué te refieres?

A la gestión del deseo compartido.

Y mi amiga del alma, que parece coleccionar libros, me muestra el de John Berger titulado “Esa belleza”. Y me lee algunos párrafos:

“El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hace frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos”.

Y sigue leyendo:

“La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es entonces un intercambio de escondites”.

Al final termina:

“En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo”.

Es verdad, sí. El deseo está ahí. Y de alguna manera me reconforta la idea de no esconderse del deseo. Sino tomar las riendas y establecer con el otro un complot sexual, intercambiando escondites. Recibir y dar.

Nuestros impulsos volitivos al servicio del sentir, con el que se va construyendo un órgano de percepción empática. Receptivos a la realidad del otro. El deseo convertido en encuentro cómplice con el otro.

Sí, un buen complot sexual, termina por decir mi amiga. Y me desea un buen verano. Caluroso, eso sí.